El llanto de un niño se ha escuchado
al tiempo que caían mil bombas
sobre las luces que iluminaban el empedrado.
Un cuerpo yace mirando al cielo
y junto a él pasan sin verlo
espíritus que gritan deseo.
Una ráfaga de disparos y un rojo encharcado,
una flor que mama sangre,
un silbido que canta borracho,
un vuelo, que fue el último.
Bajo el calor lluvioso se empapan
los hombres que lucharon por nada,
y sus cuerpos hartos de matar
hoy prefieren ya morir.
A través del horizonte se mueven
las cruces de un cementerio improvisado,
y sobre sus tumbas de piedra ceniza
se leen los nombres de un viento anónimo.
Una ráfaga de disparos y un rojo encharcado,
una flor que mama sangre,
un silbido que canta borracho,
un vuelo, que no será el primero.
Iñaki Navarlaz Rodríguez
Imagen de olafpictures (Pixabay) – editada


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