El río ha detenido su corriente,
se ha vaciado de agua
para llenarse de azufre,
y ahora quema,
arrasa,
se lleva la vida,
y la devuelve derretida.
De los bosques se escurren los árboles,
solos,
abandonados al deseo inhumano,
y sus raíces lloran termitas
que adoran a un dios envidioso,
egoísta,
que en sus bolsillos esconde
puñados de tierra muerta.
Y la vida se marcha silenciosa,
callada,
con esa mirada que esconde pena,
lágrimas,
y sedienta de calor
ya sólo se lleva frío.
Iñaki Navarlaz Rodríguez
(16/01/2018)
Imagen de PublicDomainPictures (Pixabay) – editada


Replica a nelmoran Cancelar la respuesta